Este artículo fue publicado en Revista Absurdo https://appzurda.tumblr.com/

Sigmund Freud, genio y maestro de la sospecha como bien decía Paul Ricoeur, consideró la feminidad como un enigma y tuvo siempre una pregunta insistente: ¿Qué quiere una mujer?

A sus 29 años, el neurólogo austriaco y posteriormente padre del psicoanálisis, pasó un periodo de practicas en Paris con Charcot, fundador de la escuela de neurología en el Hospital de La Salpêtrière. Charcot llevaba más de veinte años trabajando en ésta institución y para el momento en que Freud llegó, dicho hospital en Paris era ya considerado un hospital orientado a la enseñanza teórica y clínica, e incluso se promovía el uso de la fotografía para la investigación de patología.

Las mujeres histéricas eran el motivo más grande de investigación y los modelos favoritos para ser fotografiados por Charcot y su equipo. Cuerpos paralizados, desparramados, inestables, en estado de ensoñación, fantasiosos, imprevisibles, contorsionados, delirantes, inhibidos, caprichosos, enigmáticos, resbaladizos, inaprensibles, difíciles de explicar. Cuerpos más allá de la biología, erógenos, invadidos de significantes. ¡Pero qué curiosidad despiertan!:  cuerpos expuestos a la mirada ávida de saber del médico. Es así la histérica portadora de saber.

En psicoanálisis, la histeria aparece como un cuadro primordial desde el cual el modelo psicoanalítico se despunta pues llevó a Freud al descubrimiento del inconsciente. ¿Cómo una parte del cuerpo podría paralizarse contrariamente a las reglas de la parálisis orgánica cerebral? Estos cuerpos que no correspondían al cuerpo biológico, llevan a Freud a postular toda una metapsicología, diferenciando así entre el cuerpo orgánico y otro cuerpo: la vida psíquica.

Escuchando a sus pacientes, Freud da cuenta que sus pacientes histéricas (en su mayoría mujeres), tienden a contar sus síntomas a través de ensoñaciones, rememoraciones y fantasías. A la escucha, Freud va transformando su manera de proceder. Del método hipnótico que había aprendido de Charcot, cambió a la cura a través del habla (método catártico), el uso de la asociación libre y más adelante, la escucha de la transferencia como herramienta fundamental y condición necesaria para conducir el tratamiento psicoanalítico. Cada uno de estos planteamientos que se hizo acerca de su método, apareció en el esfuerzo constante de escuchar a sus pacientes histéricas. Los casos emblemáticos en el cambio de su forma de proceder aparecen documentados en su obra.

Entre estas analizandas de quienes escribió, está Ida Bauer a quien Freud le dio el pseudónimo “Dora”. A través de la experiencia con Dora, Freud habló de la formación de los síntomas histéricos y la estructura interna de la neurosis, e interpretando sus sueños apuntó su importancia en la labor analítica. Ésta joven de 18 años acudió a tratamiento durante tres meses.

El padre de Dora la llevó con Freud a los 16 años después de ataques de tos. La tos desapareció y regresó a los 18 años porque habían reaparecido los ataques de tos pero también síntomas típicos que eran repetitivos en esa época en las mujeres histéricas: disnea, afonía, jaquecas, excitabilidad y depresión. Dora había escrito una carta de suicidio.

La joven victoriana pasaba por momentos difíciles. Su padre estaba enfermo y su madre fue descrita por Freud como una mujer con “psicosis de ama de casa”, esto es, una mujer que había mudado todo su interés a la limpieza obsesiva del hogar. La madre de Dora no se acercaba a su padre al inicio de la enfermedad.

La familia Bauer, tenía amistad con una pareja que Freud apodó bajó el pseudonimo K. Tenían hijos pequeños y Dora a menudo iba a cuidarlos. La Sra. K visitaba al padre de Dora por lo que la joven sospechaba que la Sra. K y su padre eran amantes. Al mismo tiempo, Dora relata un momento de su memoria en que el Sr. K la besó y la abrazó fuerte, sintiendo ella repugnancia y corriendo hacia otro lugar. Decía haber sentido asco ante el brazo del Sr. K sobre su busto. Freud da cuenta de por cómo en el relato el estaba en una escalera, el brazo era un desplazamiento del pene erecto del Sr. K.

Es en el marco de este enredo de amores del discurso de Dora que Freud hila el tejido de la aparición de sus síntomas, siendo éstos representaciones simbólicas en ese cuerpo imaginario que le aquejaba a la señorita. En este relato, la aparición de una presión en el pecho, asco y resistencia a acercarse a individuos en un diálogo amoroso y esque Dora tenía la idea de que su padre la entregaba al Sr. K a cambio de el estar con la Sra. K.

 Freud se preguntaba por qué Dora estaría celosa de la Sra. K si su padre por su enfermedad no podría mantener relaciones sexuales. Dora sentía los celos que habría de sentir su madre por la Sra. K. La cosa no era simple. Es aquí donde comienza a agudizarse la pregunta de Freud por la sexualidad femenina: ¿Qué quiere una mujer? Enigma que se ha tratado de manera incansable no solo en textos psicoanalíticos sino en representaciones artísticas, literatura y muchas otras disciplinas.

Lacan sugerirá, de manera igualmente enigmática, que una mujer quiere algo más allá del sexo, más allá del hijo, más allá del falo, goza de algo que no sabe de sí misma pero que siente y lo sabe solo cuando ocurre. Terminará por decir que ésto no les ocurre a todas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *